domingo, 9 de enero de 2011

Despedida del mundo real

Mi incondicional miedo a las alturas nos había obligado a realizar el trayecto por carretera. Bastante tedioso ya que no se hacía muy apetecible recorrer los más de 3000 km de diferencia que separaba nuestro destino, de nuestro loft en Charlotte.
La idea de elegir un loft como vivienda no había sido sino mía, en ese lucroso afán por aprovechar y sobretodo maximizar, todo el espacio que se tenía, y por ende que se había pagado. Constaba de un semipiso inferior, en el cual, aparte del equipo audiovisual y de los típicos muebles como el puff o la chaiselongue, no existía nada más y dejaba bastanto poco a la imaginación. En la planta baja era donde se podía encontrar el resto de la casa. Con una cocina pequeña, de barra americana, una cama al fondo y el pequeño espacio donde Teresa solía realizar algunos ensayos fotográficas aprovechando la gran luz que entraba por todas las ventanas de la casa.
El viaje lo realizaríamos a turnos, como siempre era habitual, ya que, sobretodo a mí, me entretenía quedarme mirando por la ventana, asique seguramente realizaría no más de un cuarto de la conducción total o quizá la última parte, cuando ya hubiéramos alcanzado las montañas de Utah.
Después de un largo tramo, subiendo y bajando, con la carga de maletas, emprendimos viaje, ya entrada la tarde hacia nuestro destino. Con por supuesto, gran cantidad de tráfico, de toda la gente que hacía su entrada y salida de la gran capital de Carolina del Norte, al horario de finalización de sus trabajos. Tan larga y tediosa fue la salida, que tuvimos que hacer una parada en un motel de carretera, cerca de Newport, para cenar y para también dormitar un poco, ya que se preveía un largo día de carretera a la mañana siguiente.
Era uno de esos lugares fascinantes, pero me daba la impresión y así siendo de noche, que era un típico paraje del siglo XIX en el cual apenas había cambiado nada. En mi cabeza tenía la impresión de que en cualquier momento podría aparecer un carruaje tirado por caballos, del que descendiera un grupo de hombres dispuestos a jugar al poker y atiborrarse del whisky más barato que les pudieran servir en el pequeño bar del motel.
Teresa me preguntó en el momento en que cenábamos: - ¿No te huele un poco extraño?-
- Quizás sí, pero supongo que estarán limpiando la cocina ya que es bastante tarde- dije, alardeando una vez más, como si conociera todo lo que sucede a mi alrededor. -De todas formas, arriba, está todo perfecto, y podemos descansar de manera tranquila-
Le guiñé un ojo y ella espetó una sonrisa, conocía de sobra mi talento por realizar siempre el mismo tipo de gracias y chistes, una gracia al estilo de "Te conozco demasiado, pero necesito descansar, ya que luego seré yo la que conduzca la mayor parte del día".
Al finalizar la cena, ascendimos a la pequeña pero de verdad acogedora habitación. Constaba de una cama, un gran servicio, unas mesitas, un par de ventanucos y un mueble con televisión. Cualquier joven soltero con pocos ingresos podría subsistir en unas condiciones así, ya que la pulcritud era máxima en todo el lugar.
La verdad que al tumbarme en la cama no tardé en coger el sueño, que hubiero sido menos si Teresa no se hubiera despedido con su típico y escueto: - Buenas noches-.

No hay comentarios:

Publicar un comentario